lunes, 23 de enero de 2017

Ronda de muñecas

Leandro Pena



Ayer fui a ver la presentación de un libro. El lugar era cálido y un tanto oscuro como a mí me gusta. Había también allí música tranquila. Me senté y abrí el índice del libro que finalmente se daría a conocer todos los lectores. Uno de los títulos que marcaba el listado era La ronda. Mientras los autores hacían la sinopsis del texto me acordé de la pequeña ronda que duerme en mi frente desde hace tiempo. Son ideas vestidas de muñecas. Las puedo identificar bien: son mujeres jóvenes, tienen rostros pálidos, cabellos largos y negros y túnicas blancas. Ellas giran cada tanto en punta de pies en mi frente. La ronda es lenta. O para un lado o para el otro. Mi deseo es que se suelten y salgan, sean libres. Vuelen como mariposas y naden como peces. Sin embargo, no logro que desaparezcan cada tanto regresan. Suelen aparecer evocando momentos álgidos.

En la imagen de la tapa del libro hay cinco mamuschkas. Una mamuschka es una muñeca en cuya interior hay otras y suelen ser impares y se encastran unas con otras. Son muñecas que no hacen ronda sino que esconden otras de modo sucesivo hasta que la última, no esconde nada. Sin embargo, estaba colorida y sonriente como las otras. De pequeño me decían que una mujer la tenía que tener en su mesa de luz como pedido de fecundidad En la portada del texto se ve a las mamuschkas separadas y una a media separar con otra adentro que asoma. En el piso, donde están apoyadas, hay como una capa gelatinosa y amarilla. Bien podía ser un caramelo potente y dulce. O una cápsula blanda, gelatinosa y partida de Ibuprofeno seiscientos mg.

Siento que, las muñecas de la ronda, han sido guardadas en el placard de mi mente desde mi niñez. Ellas han sido el producto de los avatares de una casa, donde la violencia y el incordio eran el oxígeno y el polvo que las habitaba. Grises han sido sus colores. Al recordarlas me brotan unas lágrimas que no se animan a salir de mis ojos y siento en mi pecho una extraña liberación.

Van pasando los años y cuando llega la Navidad siempre tengo el recuerdo de un famoso carrousell que en la casa de mi madre repetía una música monótona y unas muñecas aparentemente jóvenes y vestidas de colores rojo, amarillo, azul, verde y negro se movían en forma de ronda al compás de la música tradicional de las fiestas. La Navidad era, en mi niñez, como esas muñecas que siempre sonreían mientras miraban fijo. Había que sacarlas dogmáticamente una vez al año para encenderlas y que pregonaran la alegría de un arbolito verde y colorido de Navidad comprado en un bazar de Barrio Norte cuya estrella gris y lentejuelas espejadas reemplazaban el pico. La estrella, comentaban en mi casa, era muy importante porque era el signo de la esperanza. Todo parecía tan feliz y colorido que hasta podía pensar que nacía de nuevo y que las rupturas más profundas eran tocadas por estas muñecas y los reflejos de las lucecitas navideñas que se encendían y apagaban al sonido del ding dong dang, ding dong dang, vamos a cantar que este día hay que festejar susurraba la melodía instrumental que acompañaba el centelleo multicolor.

¡Feliz Navidad, nació el salvador! Se escuchaba en las reuniones familiares apenas avisaban que eran las doce. Allí las muñecas en ronda repetían la música del carrousell que solí aturdirme cada vez que nos reuníamos en nochebuena. Tan mágico se volvía todo como los fuegos artificiales que de niño me gustaba tirar en la casa de mi abuela. Claro que, pasada la media hora del veinticinco, el cielo se volvía oscuro de repente. Solo podía ver algunas estrellas que aún hoy titilan.

Recuerdo que mi maestra de primer grado se llamaba Graciela. Ella venía con un guardapolvo azul a tono con el color de sus ojos. Sus zapatos negros cerrados lucían siempre impecables. Las uñas estaban pintadas de rojo y sus labios lucían un rouge sobrio pero bien marcado. Era de tez blanca y unos cabellos lleno de rulos formaban un rodete. Las mujeres que daban clase, hacia fines de los setenta, debían tener el cabello recogido.

El timbre de la formación tocaba a la una de la tarde. Graciela siempre con su dedo índice señalaba el lugar donde debíamos formar haciendo fila desde los mas bajos hacia los mas altos. Graciela repetía diariamente: “Alumnos: a dos baldosas de distancia” Nosotros mirábamos el mosaico que era de un rombo rojo con fondo gris en el amplio patio del colegio donde se hacíamos la formación. Luego decía: “Tomen distancia del hombro de su compañero para calcular bien”. Al llegar al aula, Graciela estaba parada afuera del recinto y señalaba con su índice que fila entraba primero. Si algún alumno se apuraba a entrar o salteaba la columna armada, la fila salía y volvía a ingresar.

Al salir del Colegio, a veces, cruzaba de la mano con mi madre la plaza Colón. Íbamos a su trabajo a buscar algunas curaciones que ella debía hacer a los pacientes cuando terminaba su labor. Entrábamos por el pasillo largo del sanatorio y al final había un pequeño dibujo circular de una mujer delgada y de nariz perfecta y cuyo dedo índice formaba una cruz con sus labios finos y delgados. Debajo de su imagen estaba escrito en imprenta negra. “El silencio es salud

Los martes y los viernes viajo al barrio de Núñez a compartir unas horas de clases con los estudiantes del secundario. Salgo temprano porque siete y cuarenta y cinco empezamos. Al bajar del quince en Crisólogo Larralde y Libertador, unas figuras esbeltas con cola de caballo y calzas negras ajustadas se encuentran haciendo cinta en un gimnasio. Las veo porque el vidrio es lo que separa la vereda de los aparatos donde ellas se encuentran.

Este invierno ví una sola mujer. La observo y parece un maniquí que mueve sus piernas en la cinta. Sus movimientos son mecánicos y permanentes. Su mirada rígida a un punto ciego está firme. Su cuerpo estaba erguido y su transpiración brotaba de su tez. Me detuve para mirar lo extraño que era un cuerpo humano impávido sudoroso pero que no pestañaba solo se movía. Me preguntaba en ese momento si realmente ella estaba respirando. Seguí caminando y por un instante la sombra de una de mis muñecas apareció en mi frente.

Ayer comenzó el verano. Es la madrugada del domingo. Faltan unos días para la noche buena. Tengo el presentimiento que esa mujer, sigue allí el balancín del movimiento de la cinta del gimnasio, mientras ve, por los vidrios del club, los autos que pasan por la avenida Libertador a la altura del Barrio de Núñez.

No he podido lidiar definitivamente con esa cuestión. Llevo muchos años preguntándome sobre el origen de las muñecas y resulta tan fácil responderlo como difícil deshacerme de ellas. Solo puedo escribir y convertirlas en palabras.

Durante los años posteriores a mi separación conocí a varias mujeres. Por unas u otras razones el tono de voz, su rostro, su pelo, su olor, su mirada me recordaba algunas de las muñecas de la ronda. Me di cuenta de que me habían enseñado, desde pequeño, que la mujer era como una de esas muñecas y que había que encontrar. Mujer fecunda y prolífera amamantando y limpiándole la baba al niño que termina de mamar la teta transpirada de la acalorada succión. Mujer arbolito de navidad, siempre alegre, brillante y sonriente. Mujer educadora y formadora de hábitos; siempre formal. Mujer esbelta con pechos bien marcados con redondeles curvilíneos, bien alimentada con vegetales sanos y yogurt cero por ciento en grasa para estirar la piel en el “gym” quedando todo perfecto.

Muñecas paradigmas, muñecas que rondan, muñecas que vuelan, muñecas que se van, muñecas que se esfuman. Como los pájaros de un bosque que se termina de quemar.

He vivido tanto tiempo con esas mujeres-muñecas dentro mío que cuando salen me da miedo de que no vuelvan nunca más. Creo que más allá de todo ése, ése es mi deseo.




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