lunes, 4 de octubre de 2010

El antisemita y el judío. Una aproximación al concepto del Mal en Sartre.



Maximiliano Basilio Cladakis
Introducción

   Sartre publica Reflexiones sobre la cuestión judía en 1946. En esta breve obra, el filósofo y literato francés se aboca al análisis y exposición de una cuestión en extremo candente en la Francia inmediatamente posterior a la guerra: el antisemitismo. La ocupación y la consiguiente deportación a los campos de exterminio de miles de ciudadanos franceses, entre los cuales se contaba una gran cantidad de origen judío, eran una herida abierta en la sociedad de aquél tiempo. Sin embargo, si bien, en el caso del genocidio judío, este fue llevado a cabo a partir de la irrupción del nazismo, Sartre señalará que el antisemitismo era un fenómeno que ya se encontraba extendido sobre grandes capas de la población francesa mucho antes de la Ocupación. De una forma u otra, estos sectores de la sociedad francesa dieron un aval, a veces explícito, otras veces tácito, a la campaña de exterminio realizada por el nacional socialismo. Así también, el antisemitismo no se había acabado con la Liberación, sino que, muy por el contrario, permanecía en estado latente, como un monstruo que podría volver a despertarse en cualquier momento.

   En este texto, Sartre expondrá, por lo tanto, las raíces profundas del antisemitismo; sin embargo, no hará una capitulación histórica del fenómeno en cuestión, sino que intentará establecer los fundamentos a partir de los cuales se presentan dichos capítulos. Sartre señalará, entonces, al antisemitismo como una elección existencial a partir de la cual lo que se elige es una forma de comprender y vivir el mundo a través de la cual, el Bien y el Mal se presentan como valores absolutos. Estos valores absolutos, aparecen, a su vez, encarnadas en personas concretas. Unos serán el Bien, otros serán el Mal. En el caso del antisemita, el judío y su “judería” serán, obviamente, la encarnación del Mal, el principio que niega al cosmos y a la naturaleza, aquello que necesariamente debe ser eliminado para la restitución del orden universal.


El antisemitismo: una elección fundamental

   Lo primero que Sartre señala del antisemitismo es que no se trata de una simple “opinión”. En este sentido, es incomparable el antisemitismo con opiniones que pueden darse sobre determinadas políticas administrativas o sobre determinadas situaciones económicas y sus posibles alternativas. Sartre observa que es habitual que el antisemita quiera encontrar en las instituciones democráticas y en la libertad de opinión el resguardo a su doctrina. Sartre dice entonces: “(…) me niego a llamar opinión a una doctrina que apunta expresamente a determinadas personas y que tiende a suprimir sus derechos o a exterminarlas”[1].

   En efecto, a diferencia de las opiniones, cuya pluralidad está garantizada y defendida por el sistema democrático, el antisemitismo implica, desde su punto de partida, la exclusión de determinado grupo de personas, e, incluso, su posible exterminio. Es decir, atenta contra los principios mismos de la democracia. La pluralidad de opiniones que se deben encontrar resguardadas por el sistema democrático tiene que ver con la forma en que se juzgan determinadas acciones o funciones. Por el contrario, cuando el antisemita condena a un judío no lo hace a partir de una acción que este haya realizado ni por una función que se encuentre ejerciendo, como puede hacerlo el Código Penal frente a un ciudadano que haya cometido un delito. Lo que rechaza del judío es, precisamente, su ser judío. “Es un judío hijo de judíos, que puede reconocerse por su físico, por el color de su pelo, quizá por sus ropas y, según dicen, por su carácter. El antisemitismo no entra en la categoría de pensamientos protegidos por el derecho de libre opinión”[2].

    Precisamente, en este punto, Sartre sostiene que el antisemitismo no es ni siquiera un pensamiento. El antisemitismo es, ante todo, una pasión. El antisemita coloca su antisemitismo más allá de toda razón, abrazándolo como una convicción de fe. Si bien, el antisemita suele dar argumentos que legitimen su rechazo a los judíos, estos argumentos son siempre a posteriori de su convicción original, e, incluso si en una discusión, se le presenta una serie de argumentaciones que refute cada una de sus palabras, no cambiará de posición.  El antisemita vive su antisemitismo con ardor, se trata de una pasión que atraviesa la totalidad de su vida.

   Sartre menciona casos de hombres que, al enterarse de que la mujer con la que se acostaban era judía se volvieron impotentes al acto. Esto implica un compromiso total del antisemita con su antisemitismo que abraza, incluso, la dimensión corporal. En este tipo de casos, la repugnancia se traduce en impotencia, una impotencia que evidencia el compromiso espiritual sobre el cuerpo ya que a los hombres que les ocurrió esto, no tuvieron problemas antes de enterarse que sus amantes efectivamente eran judías.

    “Hay una repugnancia hacia el judío como hay una repugnancia hacia el chino o el negro en ciertas colectividades”[3]. En este sentido, Sartre señala que, si bien, a primera vista, hay antisemitas más moderados que otros, dicha moderación no es más que una máscara. Ni bien se entre en confianza con un “moderado” se descubre esa repugnancia visceral compartida con los que exhiben las formas más violentas.

    Esta repugnancia, sin embargo, no es originada por la experiencia; por el contrario, se recurre a la experiencia para buscar indicios que sirvan para legitimar dicha repugnancia. Sartre menciona el caso de una persona que pasó una mala experiencia con un peletero judío. Esta persona argumenta que su repugnancia hacía los judíos proviene de dicha experiencia. Sin embargo, Sartre indica que la elección es anterior a la experiencia, porque se eligió odiar a los judíos y no a los peleteros. Dijimos, entonces, que el antisemitismo es una pasión. Sin embargo, dicha pasión, guarda diferencias con las pasiones más habituales. Por un lado, a diferencia de lo común, que es amar el objeto de la pasión (trátese de mujeres, gloria, poder, etc.), el antisemita odia el objeto de su pasión. Por otro lado, por lo general, el que vive una pasión lo hace a pesar de la pasión;  en cambio, el antisemita elige ante todo el estado de apasionado. Ser antisemita es, pues, elegirse en el estado de apasionado.

“El antisemitismo es una elección libre, total y espontánea, una actitud global que no sólo se adopta frente a los judíos sino con respecto al hombre en general, a la historia y a la sociedad; es, al mismo tiempo, una pasión y una concepción del mundo. Sin duda, algunos de sus caracteres serán más notables en tal antisemita que en tal otro. Pero están todos presentes a la vez y se determinan unos a otros”[4].


   Sartre observa que esta elección fundamental realizada por el antisemita tiene como razón el deseo de impenetrabilidad, de permanencia, el deseo de ser macizo como una piedra. La opción por la pasión como estilo de vida implica, pues, el anhelo de adquirir la positividad y plenitud absoluta del ser.
  
   “El hombre sensato busca gimiendo, sabe que sus razonamientos son únicamente probables, que otras consideraciones vendrán sin duda a revocarlos; no sabe nunca muy bien adonde va; está “abierto” a toda clase de sugestiones, puede pasar por vacilante. Pero hay personas atraídas por la permanencia de la piedra. Quieren ser macizos e impermeables, no quieren cambiar: ¿adonde nos llevaría el cambio? Se trata de un temor original de sí mismo y de la verdad”[5].

   El antisemita teme, entonces, el razonamiento y los cambios, desea ideas innatas, no adquiridas, bajo las cuales se subordine todo razonamiento. El antisemita teme también la verdad, no por su contenido, sino por su carácter de probabilidad, de no permanencia, teme la posibilidad del error, no por el error mismo, sino, precisamente, porque todo esto representa cambios, transformaciones, la ausencia de puntos fijos. La elección del antisemita por el odio se presenta como una certeza incuestionable, ante la que nada pueden las razones ni las palabras. Al elegir odiar a los judíos, el antisemita encuentra una fe inquebrantable que se sostendrá a todo “¡Qué cómodo se encuentra ahora! ¡Qué fútiles y ligeras le parecen las discusiones sobre los derechos de los judíos!”[6].

    En este sentido, el antisemita al elegirse como  antisemita se elige a sí mismo en el modo de la “mala fe”. El antisemitismo implica una huída de sí mismo, concebirse a partir de una esencia, objetivarse, la “verdad” fideística y pasional del antisemitismo libera al antisemita de toda responsabilidad. Sartre señala, en este aspecto, que, por lo general, el antisemita suele causar temor ante los demás ya que se presenta como un hombre de convicción, irritable y apasionado. El antisemita sabe de esto y juega con su pasión, a la que siempre puede echar mano. Se reconoce, entonces, a sí mismo como un hombre temible ante la mirada de los otros. El antisemita en su huída de sí mismo quiere pensarse a partir de una esencia. Esta esencia es su ser-para-otro, que, en este caso, es el ser temible.

 




La virtud de los mediocres y la pequeña burguesía

   Sartre señala que una de las principales características de la demonización que el antisemita realiza del judío no se debe a una creencia en la propia superioridad, sino que, por el contrario, el antisemita no se considera individualmente superior al judío en forma alguna. Precisamente, el antisemita se considera un hombre que no sobrepasa la medianía, en pocas palabras, el antisemita se considera a sí mismo un mediocre. Sin embargo, no ve en ello algo de qué avergonzarse, sino, muy por el contrario, el antisemita hace de la mediocridad una virtud.

   Sartre señala que la elección por el antisemitismo representa una elección por no sobresalir, por algo que no puede serse en la soledad. Precisamente, las proclamas antisemitas no son de las que se dicen sino en multitud, o, al menos, no son de las que se dicen sin que se piense que se cuenta con un aval silencioso.  Sartre dice, por lo tanto, que el antisemita “(…) es un hombre que teme toda especie de soledad, tanto la del genio como la del asesino: es el hombre de las multitudes; por pequeña que sea su talla, aún toma la precaución de agacharse por temor de emerger del rebaño y encontrarse frente a sí mismo”[7]  . El antisemita busca, por lo tanto, perderse en la multitud, no tener ningún merito individual, ni tampoco un error, confundirse a sí mismo en una gigantesca e informe masa.

    Sartre observa que, en el caso del antisemita francés, este se siente el verdadero poseedor de Francia. Sin embargo, esta posesión es pensada a partir de un derecho de nacimiento de tipo mítico. El antisemita francés se siente poseedor de toda Francia, de manera indivisa, abstracta y mística. “El antisemita sólo concibe un tipo de apropiación primitiva y territorial, fundada en una verdadera relación mágica de posesión y en la cual el objeto poseído y su poseedor están unidos por un vínculo de participación mística; es el poeta de la propiedad inmobiliaria”[8]. Sartre menciona el ejemplo de Racine. El antisemita Frances se siente el verdadero poseedor de la obra de este. En su visión del mundo, un judío, por más cultivado que sea, jamás podría comprender las obras del literato francés, como lo haría él.  Lo mismo ocurre con la lengua, por más que el judío hable perfectamente el francés, nunca lo hablará como él, aunque incurra en faltas gramaticales.

   Con respecto a esto, Sartre sostiene que el sector social en el que el  antisemitismo se presenta con mayor frecuencia es en la pequeña burguesía urbana. Es decir, que el antisemitismo se da con mayor frecuencia entre funcionarios, empleados y pequeños comerciantes. Precisamente, se trata de un sector cuyos miembros no tienen grandes posesiones, ni grandes fortunas. Por eso mismo, cuando se vuelven contra los judíos sienten transformarse en poseedores.

“Pero justamente irguiéndose contra el judío es como adquieren de súbito conciencia de ser propietarios: al representarse al israelita como ladrón, se colocan en la envidiable posición de las personas que podrían ser robadas, puesto que el judío quiere sustraerles Francia es que Francia les pertenece”[9].

    A partir de este hecho, Sartre observa que el antisemitismo, no sólo procura la alegría de odiar, sino que procura también un placer positivo. Pues, al considerar al judío como un ser ilegítimo el antisemita pasa a formar parte de una elite.  El pequeño burgués que se elige a sí mismo como antisemita, instantáneamente se ve inmerso dentro de una elite, en donde se identifica con las clases dominantes: la elite de los “verdaderos” poseedores de Francia. Esta elite, por su parte, a diferencia de las elites modernas, fundadas en el mérito o el trabajo, no requieren valor individual alguno. Se es parte de ellas por nacimiento, puesto que constituyen una especie de aristocracia hereditaria. “Empezamos a entrever el sentido de la elección que el antisemita hace por sí mismo: escoge lo irremediable por temor a la libertad, la mediocridad por temor a la soledad y de esta mediocridad irremediable hace una aristocracia rígida, por orgullo”[10].

    Para Sartre, las clases dominantes utilizan este antisemitismo propio de la pequeña burguesía, sin entregarse realmente a él.  Se trata de una forma en que las clases medias se identifican con las clases dominantes y sirven a los intereses de esta. Sartre dice que, en caso de desaparecer el judío, el antisemita  “(…) se encontraría siendo un portero o un tendero en una sociedad muy jerarquizada donde la cualidad de verdadero francés estaría a precio vil ya que todo el mundo la poseería”[11]. Sartre menciona, entonces, a modo de ejemplo, el antisemitismo de la pequeña burguesía alemana durante la década del ´20. Si bien había sido arruinada por la gran industria y estafada por los Junkers, este “proletariado de cuello duro”, en su anhelo de diferenciarse del verdadero proletariado, se entregó al antisemitismo de la misma forma en que había adoptado las ropas burguesas; “(…) porque los Junkers poseían Alemania y él quería poseerla también”[12].

    En este sentido, el antisemita realmente plantea un igualitarismo. Sin embargo, a diferencia de la igualdad de los programas democráticos, la cual debe realizarse en una sociedad económicamente jerarquizada y que debe ser compatible con la diversidad de funciones, se trata de una igualdad contra toda jerarquía y contra toda función. Con la demonización del judío, el antisemita se siente un par de las clases dominantes, más allá de toda diferencia de función y de clase. “Nada comprende de la división del trabajo y no se preocupa por ello: cada ciudadano puede reivindicar el título de francés, no porque coopera desde su puesto, en su oficio y con todos los demás en la vida económica, social y cultural”[13].

    El antisemita toma al judío como objeto de su odio, para afirmarse a sí mismo como poseedor de toda Francia. El sentimiento de pertenencia nacional, en este caso, se funda, por lo tanto, sobre una actitud sádica, puesto que el judío, habitualmente, es un ser indefenso y débil. Sartre, en este aspecto, establece una diferencia entre el odio hacia los judíos por parte del antisemita y el odio hacia los invasores extranjeros durante algún tipo de ocupación. En este último caso no se trata de sadismo, ya que, los invasores son más fuertes que los ocupados, los invasores son, pues, opresores reales.

 “Por eso su odio al judío no puede compararse con el que sentían los italianos de 1830 por los austríacos o los franceses de 1942 por los alemanes. En los dos últimos casos, los odiados eran opresores, hombres duros, crueles y fuertes que poseían armas, dinero, poder, capaces de hacer más daño a los rebeldes de lo que estos hubiesen soñado nunca hacerles”[14] .








La batalla entre el Bien y el Mal

    Sartre señala que, en el antisemita, opera principalmente el espíritu de síntesis. Esto significa que, para el antisemita, el todo es más que la suma de las partes. Desde el antisemitismo, en efecto, una acción realizada por un judío no puede ser evaluada en sí misma, separada del sujeto que la lleva a cabo. En este sentido, si un judío y un cristiano ejecutan la misma acción, está no puede ser juzgada de la misma manera en uno y otro caso. Para el antisemita, toda acción realizada por un judío va a ser mala ya que el judío es malo.

“El judío – nos dice -es del todo malo, del todo judío, sus virtudes, si las contiene, desde el momento que son virtudes del judío, se convierten en vicios; las obras que salen de sus manos llevan necesariamente su marca: si construye un puente, este puente es malo, como que es judío desde el primer arco hasta el último”[15].

   Sartre señala, sin embargo, que el antisemita no es el único en el que se encuentra arraigado el mencionado espíritu de síntesis. Por el contrario, este puede hallarse en sectores políticos, sociales e ideológicos radicalmente opuestos al antisemitismo. Uno de ellos es el proletariado. Sartre señala que el antisemitismo no es para nada frecuente en la clase obrera. Por el contrario, el espíritu de síntesis a partir del cual esta clase social piensa el mundo centra su atención en las funciones y jerarquías económicas a partir de las cuales se estructura la sociedad capitalista. “La burguesía, la clase campesina, el proletariado: estas son las realidades  sintéticas de las se ocupa; y en esas totalidades distinguirá estructuras sintéticas secundarias: sindicatos obreros, sindicatos patronales, trusts, cartels, partidos”[16].  Sartre observa, que, precisamente por esta razón, el nazismo tuvo que lanzar el slogan del “capitalismo judío” para llegar a la clase obrera; es decir, tuvo que adaptar, en cierta medida, su discurso a estas pautas para lograr coptar a parte del proletariado.

   En este sentido, Sartre diferencia la forma en que el proletariado define al burgués como su enemigo, de la forma en que lo hace el antisemita con respecto al judío. Cuando el proletariado piensa al burgués como su rival, esto no se debe sino a su posición de clase, a la función que cumple dentro de la estructura económica del sistema capitalista, etc. Es decir, para la visión del proletariado,  es este conjunto de fenómenos externos los que hacen burgués al burgués. Por el contrario, “(…) para el antisemita, lo que hace judío al judío es la presencia en él de la “judería”, principio judío análogo al flogisto o a la virtud dormitiva del opio”[17]. El antisemita cree ver en el judío una esencia maligna, esta “judería” no tiene nada que ver con jerarquías sociales o estructuras económicas, no se trata, pues, de condicionantes externos, sino de algo con lo que el judío viene al mundo.

“Los sutiles hablan de una voluntad judía de dominar el mundo. Pero hasta en eso, si no tenemos la clave, las manifestaciones de tal voluntad correrían el peligro de parecernos ininteligibles, pues tan pronto nos muestran, detrás del judío, el capitalismo internacional, el imperialismo de los trusts y de los armamentistas, tan pronto el bolcheviquismo, con su cuchillo entre los dientes, y no se vacila en hacer igualmente responsables del comunismo a los banqueros israelitas, a quienes debería inspirar horror; y del imperialismo capitalista a los miserables judíos que pueblan la Rue des Rosiers”[18].


    Para el antisemita, en un momento, el judío es responsable del capitalismo internacional, en otro momento, lo es del comunismo bolchevique. Sartre advierte que estas contradicciones se resuelven cuando se adopta el principio metafísico del que parte el antisemita: el judío posee de forma innata el impulso a hacer el Mal.  Se trata de un principio mágico, a través del cual el antisemita dota de una esencia ineludible al judío. En la primera parte del trabajo señalamos que el antisemita deseaba darse a sí mismo la impermeabilidad de una piedra, pues bien, lo mismo hace con respecto al judío. El antisemita se cosifica a sí mismo a la vez que cosifica al judío. Así como él se atribuye una esencia, también le atribuye una al judío: él es el portador del Mal.

   Sartre observa que, con todo, el antisemita debe reconocerle al judío algún tipo de libertad para así poder condenarlo. Por lo tanto, el antisemita le otorga cierta voluntad al judío, pero esta voluntad es una voluntad para hacer el Mal. Es decir, la única libertad que posee el judío es la libertad para hacer el Mal. “Su voluntad, al revés de la voluntad kantiana, que se quiere pura, gratuitamente y universalmente mala es la mala voluntad”[19].

   Sartre sostiene que, para el antisemita, es el judío el que introduce el Mal en el mundo. Existe un orden natural, bueno, que es quebrantado por el judío. Sartre dice que esto se debe a que el antisemita quiere evitar la responsabilidad de tener que crearse a sí mismo y la angustia que esto conlleva. “El antisemita teme descubrir que el mundo está mal hecho: en este caso sería necesario inventar, modificar, y el hombre volvería a ser dueño de su propio destino, dotado de una responsabilidad angustiosa e infinita”[20]. Esto significa, además, que, en última instancia, el antisemitismo es una forma de maniqueísmo, a través del cual la historia es explicada a partir de la lucha del Bien contra el Mal.

    Sartre establece aquí una diferencia con el marxismo. Ante todo, para el marxista, la lucha de clases no es una lucha entre el Bien y el Mal, sino que se trata de una lucha de intereses. El marxista, pues, sostiene el punto de vista del proletariado, porque es la clase a la que pertenece. Además, esta clase social es la que se encuentra oprimida y es, por mucho la más numerosa. Por otra parte, en el caso de que la clase dominante deponga sus intereses y quiera participar en la construcción del socialismo, no habría razones válidas para rechazarla. En el caso del antisemita esto no ocurre. Para él, no se trata de un conflicto de intereses, sino de luchar contra un poder malévolo que se alza contra la sociedad. Es, por lo tanto, una Guerra Sagrada.
“Caballero del Bien, el antisemita es sagrado, el judío, asimismo, es sagrado a su manera: sagrado como los intocables, como los indígenas maldecidos por un tabú”[1].


[1] Ibíd., p. 40.
 

   Sartre advierte que, en este sentido, el antisemitismo encierra un optimismo metafísico. El Bien ya está dado, no hay que construirlo, ni elegirlo, sino que tras erradicar el Mal (en este caso encarnado por el judío) el orden se reestablecerá. Precisamente, el antisemita no se ocupa del Bien. Su misión es destruir el Mal. La misión que el antisemita se propone es una misión exclusivamente de destrucción.
 
“Cuanto más me entregó a combatir el Mal, menos tentado estoy a poner el Bien en tela de juicio. Del Bien no se habla; está sobreentendido en los discursos del antisemita. Cuando haya cumplido su misión de destructor sagrado, el Paraíso Perdido se reformará por sí mismo”[21].





Conclusión

    Si bien Reflexiones sobre la cuestión judía no es la obra más importante de Sartre, su lectura es muy útil para complementar la comprensión del pensamiento sartreano. No sólo en lo que hace al compromiso político del autor, sino también en la caracterización que este realiza del Mal. Precisamente, el problema del Mal será tratado por Sartre en varias obras. San Genet, comediante y mártir, Baudelaire y la obra teatral El diablo y el buen dios son algunas de ellas. En la primera de estas, Sartre aborda la vida de Jean Genet, el polémico escritor francés, a partir del anatema que recibe de niño al ser descubierto robando. En este texto, Sartre profundizará el sentido del Mal como demonización del otro. Genet, ladrón, homosexual y vagabundo, será concebido por la sociedad de su tiempo como encarnación del Mal, como principio contranatural que corroe las cimientes mismas del cosmos. Sartre remarcará la forma en que el Bien se presenta como afirmación de sí mismo, como lo pleno, como la pura positividad, pero que, en verdad, no es más que la huída de sí mismos, de los, irónicamente, llama “hombres de bien”. Para justificar la existencia Mal, estos “hombres de bien”  establecen un principio de negación que viene desde afuera. Dicho principio será proyectado sobre el otro diferente (trátese de un judío o de un homosexual), el cual debe ser sacrificado en resguardo del Orden y la Naturaleza.

   Ahora bien, creemos también que, por otro lado, el interés por esta obra, puede ir  más allá de la importancia que pueda tener para nosotros el pensamiento de Sartre. Lo planteado, pues, en Reflexiones sobre la cuestión judía nos brinda herramientas para pensar una problemática de la que no está exenta la sociedad contemporánea. Acaso ¿aún hoy, no se  juzga al otro, al distinto, al diferente como encarnación del Mal? ¿No se considera a él como el responsable de todos los males que asolan la tierra, la cual, según el imaginario de la intolerancia y de la discriminación,  sin su presencia no sería más que un lugar de Justicia y Bondad? Con respecto a esto, no debemos más que recordar que, hasta hace un tiempo atrás, desde una de las mayores potencias mundiales, se hablaba de un “Eje del Mal” que debía ser combatido y derrotado para que la paz y la seguridad vuelvan a reinar sobre el mundo.





[1] Sartre, Jean-Paul, Reflexiones sobre la cuestión judía, Sudamericana, Buenos Aires, 1988, p. 11.
[2] Ibíd.
[3] Ibíd., p. 12.
[4] Ibíd., p. 17.
[5] Ibíd., p. 19.
[6] Ibíd.
[7] Ibíd., p. 22.
[8] Ibíd., p. 23.
[9] Ibíd., p. 26.
[10] Ibíd., p. 27.
[11] Ibíd.
[12] Ibíd., p. 27.
[13] Ibíd., p. 28.
[14] Ibíd., p. 43.
[15] Ibíd., p. 32.
[16] Ibíd., p. 34.
[17] Ibíd., p. 35.
[18] Ibíd., p. 36.
[19] Ibíd., p. 37.
[20] Ibíd., p. 37.
[21] Ibíd., p. 41.

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