miércoles, 4 de agosto de 2010

De la praxis individual como punto de partida metodológico en la Crítica de la razón dialéctica (Segunda Parte)



Maximiliano Basilio Cladakis

La necesidad

    Sartre sostiene que, para afirmar la legitimidad del pensamiento dialéctico, es necesario demostrar que toda negación de la negación es una afirmación. El primer paso para la elucidación de los límites, posibilidades y legitimidad de la razón dialéctica será, entonces, encontrar una instancia en donde se verifique este principio. La primera dimensión en donde Sartre encuentra dicha verificación será en la necesidad.

    En este punto, hay que aclarar que metodológicamente Sartre partirá de una oposición primera entre materia orgánica y materia inorgánica. Sin embargo, no hay que creer que el autor de La Náusea, haya abandonado su reconocido “antinaturalismo” para incurrir en una “dialéctica naturalista” al estilo de Engels. Por el contrario, la descripción de la necesidad como una primera contradicción de la materia en los términos de orgánico/inorgánico sólo servirá a modo de introducción para la comprensión real del problema, incluso, como veremos más adelante, Sartre mismo se encargará de aclarar que recién en la Historia la necesidad afirma verdaderamente el principio dialéctico de que toda negación de la negación es una afirmación.

   Como dijimos, la primera contradicción que se da en la materia es entre materia orgánica y materia inorgánica. La primera es descripta como una totalidad regida por lazos de interioridad en donde las partes se  subordinan al todo. La segunda, por el contrario, es pura dispersión y sólo se rige por  leyes de exterioridad (mecanicismo). La necesidad es el vínculo esencial a través del cual se relacionan ambas formas de materialidad. La necesidad, además, se presenta como un bosquejo del principio mencionado ya que al mismo tiempo que señala una falta (es decir un carácter negativo) en el organismo, se presenta también como una positividad ya que por medio de ella la totalidad orgánica tiende a conservarse.

   Sartre señala que, por medio de la necesidad, la Naturaleza recibe su unidad por parte del organismo ya que es este el que la unifica al convertirla en un campo donde satisfacer sus necesidades vitales. La Naturaleza, en tanto materia inorgánica,  se presenta a modo de dispersión no unificada y régida exclusivamente por el causalismo mecánico, la Naturaleza es materia inerte, pura pasividad; el organismo, en tanto totalidad que necesita trascenderse para conservarse, la totaliza, es decir la vuelve una totalidad, otorgándole así su unidad sintética.  El organismo se apropia, entonces, de la materia inorgánica superando esta primera contradicción entre lo orgánico y lo inorgánico.

   Sartre señala que la posibilidad de está apropiación se da porque el organismo también posee una dimensión inerte. Las leyes de exterioridad son padecidas por el organismo a través de su cuerpo, el cual, obviamente, al estar compuesto de materia sufre pasivamente las mismas leyes que la materia inorgánica. Se da entonces un juego dialéctico en donde se abre una doble dimensión corporal:

   “La totalidad orgánica actúa sobre los cuerpos inertes por intermedio del cuerpo inerte que ella es y se hace ser. Lo es por cuanto ya está sometido a todas las fuerzas físicas que lo denuncian como pura pasividad; se hace ser en la medida en que un cuerpo puede actuar sobre otro cuerpo, por la inercia misma y desde fuera, en medio de la exterioridad[1] .”

Tiempo circular y tiempo histórico

    A través de este proceso de apropiación de la Naturaleza, el organismo introduce el tiempo dialéctico al ser de la materia inorgánica. Cuando el organismo, a partir de la necesidad, se extiende sobre la Naturaleza lo hace con el fin de preservarse a sí mismo. Se supera la falta para afirmar la continuidad del ser orgánico. De esta manera el futuro se comprende como restitución del pasado por medio del presente. El organismo debe preservarse por lo que su apropiación de la materia inorgánica es concebida como la continuación en el futuro de su ser pasado, como la afirmación de lo que “fue” en el “será”. En esta instancia, el organismo, es al mismo tiempo, medio y fin. Sartre señala este primer bosquejo del tiempo dialéctico, como un tiempo primitivo y circular. Se trata de un proceso cíclico que caracteriza, al mismo tiempo, al tiempo biológico y a las comunidades primitivas.

   Sartre introduce aquí un concepto fundamental de La crítica de la razón dialéctica: el de “rareza”. Precisamente, la aparición de la rareza es lo que quiebra el orden del tiempo cíclico, haciendo emerger el tiempo histórico como tal:

   “El tiempo cíclico - que caracteriza a la vez al tiempo biológico y a las comunidades primitivas – queda roto desde fuera y por lo circundante, simplemente porqué la rareza, como hecho contingente e inevitable, interrumpe los intercambios. Esta interrupción se vive como negación en el sentido de que el movimiento cíclico o función se reproduce en el vacío, negando así la identidad del futuro con el pasado y cayendo en el nivel de una organización circular presente y condicionada por el pasado; esta separación es la condición necesaria para que el organismo ya no sea el medio y destino de la función sino su fin; en efecto, la única diferencia que hay entre temporalidad sintética primitiva y el tiempo de la praxis elemental proviene de lo circundante material que transforma – por la ausencia de lo que el organismo busca en ella o la totalidad como realidad futura en posibilidad”[2].

   La rareza es la ausencia de la posibilidad de continuar este proceso cíclico. Para explicarlo mejor, imaginemos un poblado que vive de los frutos de un bosque. Para preservarse, lo único que tienen que hacer sus habitantes es ir hasta el bosque  y tomar estos frutos directamente de los árboles.  Prima aquí una forma circular del tiempo. Todos los días, las necesidades se satisfacen de la misma manera, los organismos humanos y las comunidades que estos constituyen se conservan con tan sólo ir al lugar que satisface sus necesidades vitales. Sin embargo, un día, ocurre un incendio que termina con los árboles de los cuales conseguían sus alimentos. Se interrumpe la posibilidad de continuar con el proceso. A partir de dicho acontecimiento, los hombres de ese pueblo deberán buscar nuevas formas de alimentarse si quieren sobrevivir. La rareza se presenta irrumpiendo el tiempo cíclico y abriendo la posibilidad a la Historia propiamente dicha. A partir de entonces, Sartre señala que el organismo ya no es medio y fin, sino que se vive a sí mismo en una totalidad futura que se presenta bajo la forma de posibilidad. La función deviene proyecto y la inmanencia se hace trascendencia. La totalidad orgánica se proyecta como totalidad futura y así totaliza el mundo circundante. Es en esta instancia cuando verdaderamente la necesidad es negación de la negación.

El proceso de trabajo
  
   Sartre crítica la tesis de Engels acerca de la negatividad en la Naturaleza. El compañero y amigo de Marx veía que las fórmulas de la física confirmaban que en la Naturaleza existían tensiones entre lo negativo y lo positivo, lo que lo llevaba afirmar que la dialéctica era una ley que regía no sólo el campo histórico sino también él natural.  Sartre, en cambio, continuando, en este aspecto, las tesis de  El ser y la nada, afirma que la Naturaleza es pura positividad y que la negatividad aparece exclusivamente cuando existe un proyecto humano. Si en física se habla de “polos negativos” o de “resistencias”, esto se debe a que hay un proyecto humano ante el cual elementos que “en sí” no son más que pura positividad se presentan como negadores (en este caso sería el proyecto encarnado en la figura del científico).

   Para Sartre no pueden existir ni resistencias ni fuerzas negativas más que en un movimiento que se realiza por el porvenir. La resistencia es resistencia a una integración. La unidad orgánica, por lo tanto, antecede a toda negación; más aún, toda negación surge de la unidad orgánica. En este sentido, con respecto a la tesis de Spinoza de que “toda determinación es negación”, Sartre sostendrá que esto es así sólo en el caso de que se considere la determinación como el aislamiento de lo determinado de la totalidad. La negación se encuentra constituida por la unidad primera. La parte determinada pertenece la totalidad ya que se exige que el todo esté presente en las partes; sin embargo, en tanto se aísla, ella no es el todo, por lo que niega a la totalidad y se niega, en consecuencia, a sí misma.

   Esta sería la primera negación propiamente dialéctica y Sartre la descubre como esencial del proceso de trabajo. Retomando el concepto heideggeriano de útil, Sartre observa que cuando el hombre actúa en el mundo unifica el campo de utensilidad que se abre frente a él. Ese campo de utensilidad se presenta como una totalidad que es atravesada por el proyecto humano para separar las herramientas que utilizará con vistas a un fin determinado. Aquí se inicia un segundo nivel de la negación de la negación: el hombre retotaliza la totalidad preexistente.  A diferencia de la instancia abstracta o biológica, en este nivel el hombre no se enfrenta a una dispersión molecular (es decir, a la Naturaleza), sino a un totalidad preexistente; es decir que ya existe una totalidad pasiva que se reconfigura, o bien, por la acción directa del hombre o bien en virtud de las leyes propias de la exterioridad.








[1] Sartre, Jean Paul, Crítica de la razón dialéctica, Losada, 2004, p. 232.
[2] Ibíd., p. 233.

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