domingo, 3 de abril de 2016

Baila

Maximiliano Basilio Cladakis

   Baila. El baila. No lo hace muy bien pero no importa. Se deja llevar por un instinto omnipotente que lo embriaga en cuerpo, alma y espíritu. La Alegría brota de él, lo desborda, se sabe más allá de sí mismo. Es el centro de un círculo infinito. Lo aplauden y ovacionan. Se siente Dios. Lo sienten Dios. Es Dios. No el Dios cristiano. No se trata de ese Dios que sufre, de ese Dios del phatos universal que carga sobre sí una cruz que pesa la humanidad entera. El es el Dios que baila, alegre, ligero, casi Dioniso. Y su baile es interminable, eterno. Su existencia es una fiesta perpetua de la que todos quieren ser parte. Es la Vida convocando a la Vida.  Y él es la Vida absoluta. Una Vida que se impone frente a todo y que aniquila a todo lo no es ella misma. No existen más colores blancos ni colores negros, ni desesperanza ni tampoco esperanza. El mundo es perfecto, como su baile, en su imperfección, es perfecto. Canta una irreconocible melodía en un irreconocible inglés. Las luces giran sobre él; una multiplicidad de colores incandescentes, donde el amarillo se declara soberano. Todos quieren bailar y teñirse de ese color que niega los contrarios. El los invita. Es solidario, su Alegria es tan monumental que necesita extenderse sobre el mundo. De a poco, la gente comienza a entrar en el círculo. Primero lo hacen tímidamente, pero luego pierden todo candor. Sus penas, sus miedos, sus preocupaciones, sus ideologías, su ética, su humanidad se diluyen en un carnaval permanente que niega hasta los más mínimos vestigios de pasado y de futuro. Todo es Alegría. Todo es Vida. El Universo se torna Amarillo.

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